¿Y después del mes del Orgullo, qué sigue?
por Victor Aaron Quijano.
Recordando aquella anécdota de la discusión entre Nancy Cárdenas y Carlos Monsiváis en 1973, cuando en plena puesta en escena de Los chicos de la banda (Crowley, M.), en el Teatro de los Insurgentes, Monsiváis insistió, sin poder convencerla, que esta obra no debía exhibirse. Nancy, muy a su estilo, atinó: “México vive con mucho atraso su ingreso a la tolerancia y solo desde la autocompasión es que puede haber reconocimiento”. Esto me lleva a repensar los momentos que vienen después de las diversas manifestaciones que se han tenido en el Estado de Quintana Roo, derivado de la agenda del mes del Orgullo de este año.
La organización comunitaria y la Ruta del Orgullo en Quintana Roo
Organizaciones, agrupaciones, asociaciones y sociedad civil organizada han tenido a bien construir, desde sus propios municipios y espacios, una trazabilidad de actividades que permiten mayor visibilidad, inclusión y respeto hacia las personas de la diversidad sexual. Incluso, en el mes de marzo, colectivos y representantes de las marchas en cada municipio se reunieron en Cozumel para construir la Ruta del Orgullo, una agenda de marchas Pride estatales desde mayo hasta julio de 2026.


Cancún (Benito Juárez) inició las marchas Pride el 16 de mayo, culminando en el municipio de la zona maya Felipe Carrillo Puerto, el 4 de julio de 2026. Sin embargo, como ocurre siempre después de la euforia y la fiesta, viene la resaca y el análisis de lo vivido. ¿Y qué sigue? ¿El orgullo se acabó con las marchas?
El significado histórico del Orgullo LGBTIQA+
El 28 de junio, como cada año, se celebra el Día Internacional del Orgullo LGBTIQA+, fecha que conmemora los acontecimientos de Stonewall (NYC, EE. UU.), que marcaron la pauta del movimiento LGBTIQA+ y la lucha por los derechos y la liberación de la diversidad sexual. Hoy, más de 155 ciudades en el mundo celebran el Orgullo.
A 56 años, vivir libre y sin discriminación es un derecho humano. Lo saben las marcas, los organismos y el Estado mexicano, pero ¿dentro de la misma comunidad se reconoce que la lucha continúa? ¿O damos por sentado que todo se ha ganado?

Violencias, crímenes de odio y deuda del Estado mexicano
En 2019, el Departamento de Policía de Nueva York ofreció una disculpa pública a la comunidad LGBTIQA+, reivindicando la seguridad, el trato digno y el cuidado de todas las personas. Durante el Pride 2026, el alcalde Zohan Mamdani afirmó que Nueva York protegerá a su comunidad LGBTQ+, destinando 15 millones de dólares a salud y atención comunitaria.
Y sin embargo, México —como señaló Nancy Cárdenas— sigue en atraso en su camino a la inclusión. No olvidemos que en 2021 un joven quintanarroense fue torturado, quemado y asesinado por revelar que vivía con VIH. Que al cierre del Pride 2025 fueron asesinadas personas trans, activistas, jóvenes y un periodista gay en distintos estados del país.
Según el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio, en 2025 se acumulan 233 crímenes de odio por orientación sexual e identidad de género. Ser abiertamente LGBTIQA+ sigue implicando violencia, odio e indiferencia institucional.


Derechos humanos, principio pro persona y resistencia política
¿Por qué seguimos marchando? Porque no somos ciudadanos de segunda categoría. Porque, como señala Marta Lamas, lo personal es político, y la diversidad sexual forma parte de una conversación política que no puede ser ignorada.
El principio pro persona y el Control de Convencionalidad, incorporados en la Reforma Constitucional de 2011 en Derechos Humanos, establecen que ninguna ley, norma o reglamento puede justificar la discriminación. Por el contrario, el Estado tiene la obligación de garantizar, respetar y promover los derechos humanos conforme a los tratados internacionales.
Dicho en lenguaje jochi: en este país, ninguna ley puede negar el reconocimiento pleno de la comunidad LGBTIQA+. El derecho debe interpretarse siempre de la forma que más favorezca a las personas.

Comunidad, interseccionalidad y contracultura
Titulares como “los invertidos se divierten” o “los raritos se encuentran” marcaron la cobertura mediática de 1974. Hoy, gracias a pioneras y activistas, la existencia de las personas LGBT+ dejó de ser invisible. Pero la tarea actual exige ir más allá: organización, interseccionalidad, representatividad política y activismo sin concesiones.
Si como comunidad no aprendemos a integrarnos, escucharnos y abrazarnos, incluso en nuestras disidencias, corremos el riesgo de fragmentarnos desde dentro. La comunidad se teje en las calles, desde la solidaridad, porque comunidad es, en sí misma, un concepto antisistema.