La herencia de mi madre: una historia de desigualdad, aprendizaje y sororidad

Por Karol Puc Torres

Maricarmen.

“Estudia, estudia, estudia…”

Cuando iba a la escuela siempre escuchaba una voz detrás de mí: “Karol, estudia. Tienes que hacerlo. Cuando seas profesionista todo será más fácil”. Otras veces: “Hija, cuando tengas tu licenciatura de lo que sea podrás tener más oportunidades de trabajo”. Y también: “Cuando termines tu carrera, vas a ver que habrá valido la pena”.

Esa voz era la de mi mamá.

El valor de la educación y los sacrificios de mi madre

Mi mamá es una de las personas más inteligentes que conozco. No lo digo solo porque sea mi mamá, sino porque de verdad lo es. Cuando era niña pensaba que sus consejos eran parte de ese discurso repetido que escuchamos en todas partes. Pero al crecer entendí que no era así.

Ella estudió parte de la carrera de Arquitectura en la UADY, pero por diversas razones tuvo que dejarla: el tiempo, el riesgo de regresar a casa en el último camión de la noche, el hecho de ser de las pocas mujeres en su clase. Ninguna de esas razones tenía que ver con su capacidad.

Aun así, nunca dejó de aprender; también estudió en muchos talleres un montón de cosas: repostería, tejido de henequén, hasta una de las casualidades de la vida: educación especial. Astrid (mi hermana con hipoacusia) no había nacido aún. (Ella dice que todo es planeado, creo que sí también). Y fue, sin proponérselo, la primera maestra que tuve: la persona que me enseñó a leer.

Desigualdad y el derecho a estudiar

Cuando tomé conciencia de todo esto, me frustré. Me dolía pensar que mi mamá hubiera sido una gran arquitecta, una gran profesionista, pero que tuvo que abandonar ese camino. ¿Por qué a ella no se lo permitieron? ¿Por qué sí lo pudo hacer su hermano? ¿Por qué tenía que ser distinto?

Ese fue mi primer choque con la desigualdad de género en la educación. No fue en un libro ni en una clase: lo vi en casa. Descubrí que no era justo que por ser mujer se le cerraran tantas puertas, que por miedo, prejuicios o limitaciones impuestas no pudiera continuar. Y ahí me enojé de verdad.

No se trata de que un título universitario defina a alguien. El valor de mi mamá no está en un grado académico, sino en lo que sabe y en lo que ha enseñado. Pero el título sí representa algo: oportunidades, reconocimiento e independencia. Y a ella, como a tantas mujeres de su generación, se le negó.

Lo peor es que no fue un caso aislado. Miles de mujeres vivieron lo mismo: abandonar sus estudios porque era “peligroso”, porque “no era necesario”, porque alguien más decidía por ellas. Historias que se repiten hasta hoy, aunque de formas distintas.

Sororidad: la herencia más valiosa

Ese descubrimiento me marcó. Aprendí que los ideales nacen cuando logramos ponernos en los zapatos del otro. En mi caso, fue al ponerme en los de mi madre. Ahí entendí que las violencias de género no son exageraciones, sino realidades concretas que siguen condicionando nuestras vidas.

Y aunque incomode, hay que hablarlo. Porque no se trata solo de recordar el pasado, sino de reconocer lo que todavía pasa. Hoy hay niñas y jóvenes que siguen dejando la escuela por falta de seguridad, por responsabilidades que no eligieron, por prejuicios que aún pesan. Y si callamos, si minimizamos, la historia seguirá repitiéndose.

Mi mamá decidió que a mí no me pasaría lo mismo. Y esa es otra forma de amor y de sororidad: usar la propia herida para proteger a las que vienen después. Gracias a ella y a mi papá nunca me faltó motivación ni medios para seguir mis convicciones. Pero también debo admitir que mucho de mi impulso nace de no querer sufrir lo que ella sufrió.

Hablar de lo que duele nunca es sencillo. Sin embargo, cuando lo hacemos buscando soluciones, esas heridas se convierten en fuerza. Y eso necesitamos: transformar la rabia en motor, el dolor en cambios reales.

Sé que hoy no puedo decirle a mi mamá que una licenciatura asegura un buen futuro. Lamentablemente, no siempre es así. Pero sí puedo asegurarle que, sin quererlo, ella ha enseñado a muchas mujeres, que las ha inspirado y que sus hijas somos sus más grandes admiradoras.

La palabra “sororidad”, que tantas veces parece abstracta, yo la aprendí en casa. Porque mi madre, sin proponérselo, me enseñó lo que significa: acompañar, cuidar, motivar, no dejar a otras solas.

La verdad, mamá, qué triste que ahora no pueda decirte que una licenciatura o carrera te aseguran un buen futuro, pero eso es trabajo de la sociedad, no tuyo. Lo que sí te puedo asegurar es que en muchas ocasiones has enseñado a muchas mujeres sin quererlo, y las has inspirado, y Astrid (mi hermana) y yo somos tus fans. Y yo también aprendí de sororidad, palabra y concepto que, al igual que muchas otras cosas, tú me enseñaste. Cada día que pienso en cada proyecto que tengo, es una inversión en la que también participaste, y ahora muchas mujeres en las nuevas redes de este pacto informal actual podemos decir a otras:

Estudia, estudia, estudia…

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