El tren viral de TikTok “ojitos mentirosos”: entre la visibilización y la frivolización

Tengo un conflicto con el tren viral de TikTok conocido como “ojitos mentirosos”. Por un lado, me parece interesante porque ofrece una nueva mirada a espacios urbanos y comunidades rurales que pocas veces aparecen en portadas de revistas o catálogos turísticos. Este fenómeno reivindica zonas marginadas, barrios populares y comunidades históricamente invisibilizadas, que no encajan en la imagen “blanca y privilegiada” que suele presumirse como sinónimo de progreso social.
Resulta valioso que estos videos virales retraten la vida cotidiana de sectores populares y que sean difundidos por personas que habitan, transitan y conocen esos espacios. De algún modo, les devuelven dignidad y presencia pública.
El lado positivo del tren viral de TikTok
El fenómeno de TikTok resulta relevante porque permite que sectores excluidos tengan un espacio en la conversación digital. Estos contenidos digitales muestran la autenticidad de la vida comunitaria y acercan a las audiencias a una realidad que pocas veces se visibiliza en medios tradicionales.
El problema de la apropiación y la frivolización
Sin embargo, también observo una cara problemática: la frivolización del fenómeno. Personas blancas y privilegiadas, ajenas a esa realidad, se apropian de la tendencia viral solo por moda, por “mame” o para lucrar con visitas y viralidad en TikTok.
Detrás de sus videos suele haber un trasfondo contradictorio: muchos de ellos comparten discursos clasistas y meritocráticos, rechazan políticas públicas de apoyo a los sectores más vulnerables, se oponen a la reducción de la jornada laboral, a la redistribución social e incluso respaldan gobiernos autoritarios o de corte ultraderechista.
Académicos y activistas han advertido que este tipo de apropiaciones rozan con la llamada “pornomiseria”, es decir, el uso de la precariedad social como escenografía. El problema no es el tren viral en sí, sino el hecho de que quede en una moda superficial, sin reflexión ni acción.
El concepto de pornomiseria efectivamente fue acuñado en Colombia en los años setenta por los cineastas Luis Ospina y Carlos Mayolo, a partir de su célebre cortometraje Agarrando pueblo (1978). Con este término criticaban a cierto cine y documental que explotaba imágenes de pobreza extrema para atraer festivales, financiamiento o prestigio internacional, pero sin un compromiso real con las comunidades filmadas ni un análisis estructural de la desigualdad.
Desigualdad y exigencia de derechos básicos
Más allá de los videos de TikTok, lo importante es preguntarnos por qué persisten estas desigualdades sociales. ¿Por qué hay comunidades segregadas? ¿Por qué las autoridades han permitido que sectores enteros vivan sin servicios básicos?
La población merece condiciones dignas: acceso a agua potable, energía eléctrica, calles pavimentadas, internet, hospitales, escuelas y transporte público. No se trata de que todos seamos ricos, sino de que los derechos humanos más elementales se garanticen a cualquier persona, viva donde viva.
El tren viral de TikTok podría servir como un detonante para visibilizar desigualdades, pero solo si va acompañado de cuestionamientos a los tomadores de decisiones y a las élites empresariales. De nada sirve maquillarse, posar para un video y olvidar el tema al día siguiente. Si no se exige un cambio estructural, la desigualdad social seguirá intacta.
La clave está en transformar la precariedad de escenario a exigencia política. Ese debería ser el verdadero sentido de este fenómeno viral en TikTok.